Nos encontramos ante un escenario de rápidos e intensos cambios impuestos por la digitalización, la robótica y la urgencia de promover una continua adaptación a los procesos de trabajo de las empresas y las necesidades de cualificación que estas tienen. Y, en ese contexto, los cambios también afectan al tipo de talento buscado por las empresas, produciéndose una demanda de perfiles técnicos que no deja de crecer en términos cuantitativos y cualitativos.
En AFEMCUAL hemos visto que esta situación se traduce en que
la demanda de empleo de las empresas cada vez se dirige menos hacia
titulaciones y certificaciones oficiales, pero al mismo tiempo, surge una competencia
feroz por captar profesionales que estén en condiciones de aportar su conocimiento
y habilidades desde la incorporación al puesto de trabajo, aunque no posean las
necesarias titulaciones oficiales.
Grave error. Los trabajadores cualificados, que son los que
han participado en procesos de aprendizaje conducentes a títulos o certificados
oficiales son, precisamente, los que han adquirido una formación teórica y
práctica que les permite entender cómo funciona el entorno real de trabajo,
aplicar los instrumentos y herramientas más actualizados y desarrollar las
habilidades para adaptarse a un entorno cambiante del puesto de trabajo. Una
formación sancionada por un título o certificado oficial de valor.
Se llega así a un escenario incomprensible en el que las
empresas buscan talento, aunque no tenga reconocimiento oficial, básicamente formados en
programas de corta duración, diseñados en muchos casos al margen de los
estándares de competencia profesionales y que buscan una aportación de valor desde el primer momento. Se cuestionan las capacidades de los
titulados con diplomas o certificados oficiales acreditativos de la
experiencia, aduciendo que la formación que poseen no se adapta a las
necesidades de los puestos de trabajo, pese a que recoge, en esencia, lo
establecido en los estándares de competencia profesionales.
Que la nueva Formación Profesional haya caído en este bucle, en las actuales condiciones, puede ser una amenaza muy importante para estas
enseñanzas, que juegan un papel fundamental en el ajuste oferta y demanda de
cualificaciones de las empresas.
Porque si bien es cierto que la FP tiene éxito cuando responde
de forma acertada y directa a las necesidades del mercado, no lo es menos
cuando las personas formadas obtienen un reconocimiento oficial que les permite
ejercer los derechos a la movilidad en el mercado laboral que están en la base
de las carreras profesionales bien estructuradas y, sobre todo, continuar con el
aprendizaje a lo largo de la vida.
Actualmente por medio de la FP en España se adquieren conocimientos
técnicos y al mismo tiempo se desarrollan competencias prácticas durante la
etapa de formación dual, que son ampliamente demandadas por las empresas. La
elevada demanda de cualificación que se produce en actividades como tecnología,
marketing digital, administración, cuidados de personas mayores, salud e
incluso oficios tradicionales no se puede atribuir a la escasez o la falta de
perfiles preparados para cubrirlas.
Los que así opinan no hacen otra cosa que abrir una brecha de
cualificaciones entre lo que las empresas necesitan y lo que el mercado ofrece,
sin tener en cuenta que la FP desde que comenzó su andadura en 2002, con
la primera ley orgánica, es el vínculo entre ambos y su éxito se debe
precisamente a esa capacidad. De hecho, los centros de formación han aumentado su
oferta de plazas en los últimos años para dar respuesta a las necesidades de la
población y de la economía.
De modo que la FP no debe separarse ni un milímetro de lo
que ha sido su trayectoria exitosa de los últimos años. Su misión es seguir
desarrollando capacidades para formar perfiles que tengan un fácil al
mercado laboral, pero con las máximas garantías. Y estas dependen de que
la formación se ajuste a las certificaciones y titulaciones oficiales que
integran el catálogo modular de formación referido a los estándares de
competencias profesionales.
Cualquier intento de sortear este sistema y desarrollar “nuevos
programas formativos” para dar “respuesta” a unas supuestas necesidades de las
empresas, no cubiertas por el catálogo oficial, puede llevar a los profesionales que participan en los programas
así diseñados, a una situación de agravio con respecto a aquellos que se forman
dentro de los estándares del sistema.
Cierto es que siempre podrán obtener un reconocimiento
oficial de lo aprendido por medio de las pruebas de evaluación y acreditación
de la competencia, pero ese no parece que sea el camino más adecuado y rápido
para las personas que quieren formarse.
La FP del sistema está diseñada en términos tan flexibles
que permite la incorporación en los programas de metodologías prácticas, casos
reales y un enfoque orientado a la empleabilidad en la formación dual, desde el
primer día. La participación de los alumnos en la dual se ha visto que es mucho
más que un módulo de formación en el centro de trabajo y apuesta porque el alumno
se enfrente a situaciones reales, entienda cómo funcionan los equipos de trabajo
en la empresa y adquiera las habilidades, soft skills, que definan una exitosa y
rápida incorporación al mercado laboral, con las máximas garantías de calidad. Quien
afirme que estos procesos no responden a las demandas de las empresas comete un
grave error.
La FP debe continuar siendo el instrumento clave para conectar
el talento con las necesidades de las empresas. Un talento reconocido oficialmente
por la administración para atender unas necesidades cambiantes de las empresas y
con la mayor exigencia de profesionalidad y solvencia. Cualquier otro
planteamiento, por oportunista, puede ser un error.
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